De intereses subalternos y doble estándar en Libia

Por: Farid Kahhat, Profesor del Departamento de Ciencias Sociales de la PUCP y analista internacional

Se han lanzado dos acusaciones contra las potencias occidentales que intervienen militarmente en Libia. La primera es que actúan allí con base en sus propios intereses, antes que por razones humanitarias. La segunda es que, por lo anterior, aplican en su política hacia el Medio Oriente un doble estándar, dado que no miden con la misma vara a sus aliados (V., Bahréin), que a sus rivales (V., Libia). Ambas acusaciones son en esencia verdaderas, pero los intereses involucrados y sus implicaciones no son necesariamente los que suponen quienes habitualmente las formulan.

Decir que los Estados miembros de la OTAN actúan con base en sus propios intereses es una verdad de Perogrullo, pero eso es verdad respecto a todos los Estados. China, por ejemplo, aplica en Libia dos principios generales de su política exterior. El primero es una paráfrasis de la máxima atribuida a Deng Xiao Ping: no importa de qué color sea un régimen político (o el de la sangre que vierte), siempre y cuando nos venda energía y materias primas, y nos compre productos manufacturados. El segundo es el principio de soberanía territorial como norma de derecho internacional, para prevenir, por ejemplo, que algún organismo multilateral pretenda someter a escrutinio sus prácticas en el Tíbet.

En cuanto a los intereses que estarían en juego en el caso de Libia, el dedo acusador apunta hacia el sospechoso habitual: el petróleo. Este es, en efecto, un factor en todo este embrollo, pero no por la razón habitualmente esgrimida: Libia posee menos del 2% de las reservas mundiales, Arabia Saudita posee más del 25%: ¿Por qué no intervenir también en ese país, si de lo que se trata es de apoderarse del recurso? La respuesta es que, al igual que en Arabia Saudita, las potencias occidentales no necesitan invadir Libia para acceder a sus recursos: alrededor del 80% de sus exportaciones de petróleo y gas (que es todo lo que Libia exporta) se dirigen a países de la Unión Europea, y son transnacionales de matriz europea las que realizan la mayor parte de la inversión privada en exploración y explotación dentro de Libia. Más aún, el Estado libio es accionista de algunas de esas empresas, como la ENI (principal transnacional italiana de energía), a través de sus fondos soberanos.

Por lo demás, una vez que la violencia política redujo en dos tercios las exportaciones libias de crudo, permitir la inminente caída de Bengási en poder de Gadafi (y no intervenir para impedirla), era la forma más expeditiva de devolverle a Libia estabilidad política, restablecer la oferta de crudo, y aplacar los temores de contagio (reduciendo así el precio que tendrían que pagar por el petróleo las potencias de la OTAN).

El petróleo es una de las razones por las que Libia tiene una prominencia en la agenda internacional de la que carece la virtual guerra civil en curso dentro de Costa de Marfil. Pero lo es porque Libia se encuentra en el epicentro de las revueltas que conmocionan al mundo árabe, el cual, en su conjunto, posee más del 40% de las reservas internacionales de petróleo. Por eso la guerra civil en Libia tuvo un impacto significativo sobre la cotización internacional del crudo aún antes de que ese país dejara de vender un solo barril de petróleo como producto de esa guerra: esas alzas reflejaban el temor a las posibles implicaciones para la región de lo que ocurría en Libia, y no las fluctuaciones en la oferta. Es la misma razón por la cual las revueltas en Egipto tuvieron un impacto sobre la cotización internacional del crudo, pese a que ese país virtualmente no exporta petróleo: en ese caso, al temor a un eventual contagio de las revueltas, se sumó un posible cierre del Canal de Suez, principal ruta comercial para el petróleo que Europa importa del Golfo Pérsico.

Los objetivos de las potencias occidentales en Medio Oriente se resumen en la necesidad de garantizar la estabilidad política de la región, el acceso a sus recursos energéticos y rutas comerciales, y su cooperación en temas migratorios y de seguridad. Pero podrían haber intentado lograr esos objetivos en colaboración con sus viejos aliados autoritarios o, como han hecho algunas potencias occidentales en algunos casos (y aún en esos casos, bajo presión de las circunstancias y no de motu proprio), podrían también intentar lograr esos objetivos respaldando los procesos de apertura democrática en algunos países árabes. Creo que entre estos últimos se ubica el caso de Libia. El tiro podría terminar saliéndoles por la culata, pero al menos ese parece ser el propósito.

Por lo demás la acusación presume que los gobernantes actúan con base en los intereses de largo aliento del Estado al que representan, y no con base en sus propios intereses inmediatos. Podría alegarse, por ejemplo, que el presidente Sarkozy tenía razones personales para promover una intervención en Libia: de un lado, resarcir su imagen internacional tras ser sorprendido in fraganti sosteniendo escarceos impúdicos con dictadores árabes en plena primavera democrática. De otro, resarcir su menguada imagen interna, asumiendo para Francia un protagonismo internacional del que careció desde la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, el que los Estados actúen con base en sus propios intereses explica porque no siempre intervienen cuando la violencia política en un país provoca una crisis humanitaria. Pero eso no implica necesariamente que, cuando sus propios intereses los inducen a intervenir, lo hagan a expensas de las consideraciones humanitarias: eso depende de las circunstancias de cada caso. En el caso de Iraq, por ejemplo, está comprobado que 13 años de sanciones económicas, sumados a la invasión y ocupación del país desde 2003, causaron a la población civil estragos mayores que los ocasionados por la propia dictadura de Saddam Hussein. En el caso de Bosnia, en cambio, podría alegarse que la intervención militar de la OTAN, pese a no estar amparada por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, impidió nuevas masacres como la de Srebrenica.

La intervención en Libia guarda ciertas similitudes con la de Bosnia: en ambas el propósito de quienes intervenían era degradar la capacidad militar del bando más poderoso, con lo cual podían en principio cumplir tanto el objetivo humanitario (dado que era ese bando el que causaba la gran mayoría de las bajas civiles), como el objetivo político  (cambiar la correlación de fuerzas en favor de uno de los contendientes). Pero cabría recordar que en el caso de Bosnia el desenlace fue la división de facto de un Estado que, de jure, permanecía unificado.

En cuanto a la existencia de un doble estándar en la política de las potencias occidentales hacia el Medio Oriente, el problema con esa acusación no es su veracidad, sino las consecuencias que se pretenden derivar de ella. No discuto la complicidad del gobierno de los Estados Unidos con la represión de la que son víctimas civiles inermes en Bahréin (no en vano se ubica allí la Quinta Flota de su Marina de Guerra, y no es casual que su Secretario de Defensa, Robert Gates, estuviera en Bahréin un día antes de que entraran a ese país las tropas del Consejo de Cooperación del Golfo). Tampoco discuto la hipocresía que supone enarbolar un discurso de respaldo a la democracia, mientras se tolera que autoritarismos aliados repriman a quienes exigen reformas democráticas. Pero de ello no deriva que, por simetría, los Estados Unidos deberían también ser cómplices de una represión aún mayor contra la población civil de Libia. Concuerdo, por ejemplo, con quienes creen que supone una contradicción flagrante el que China y los Estados Unidos le pidan a la Corte Penal Internacional que investigue los crímenes de Gadafi, mientras ellos permanecen al margen de su competencia. Pero ese sería un argumento para pedir que China y los Estados Unidos suscriban el Estatuto de la Corte Penal Internacional, y no para hacer extensiva al régimen libio la impunidad de la que gozan esas potencias.

*Foto tomada de la galería de americanistadechiapas

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One Response to De intereses subalternos y doble estándar en Libia

  1. Susana dice:

    Estimado señor Kahhat,

    gracias por compartir con el mundo sus apreciaciones, pero no sólo el pétroleo es el interés común detrás de esta guerra, sino que en los últimos años el proyecto acuifero más imponente visto en este planeta se estaba desarrollando en Libia. Aquí la fuente:
    http://www.warem.uni-stuttgart.de/docs/module/download537ME/NubianSandstoneAquiferSystem.pdf
    Gran trabajo desarrollado por investigadores de la universidad de Stuttgart en Alemania.

    Y pues ahi se puede leer que los costos competitivos por metro cúbico de este proyecto acuífero, hecho por Kadafi, son de 35 centavos de dolar frente al agua desalinizada, que es mayor a 3 dólares en el mercado occidental, casi 10 veces menos.

    Saludos

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