La diferencia sexual y el deporte

Por Liuba Kogan. Jefa del Departamento Académico de Ciencias Sociales y Políticas, profesora y miembro del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

                                                                                                “Los números pequeños despiertan odio”

(Appadurai 2007)

Caster Semenya, la ganadora sudafricana de la competencia de 800 m. planos de Berlín  2009, puso en agenda mediática un asunto social significativo: el de la diferencia sexual y el deporte.

La Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) pidió una serie de pruebas a la atleta para identificar su sexo debido a la desconfianza que generó entre sus competidoras, el hecho de que Semenya tuviera tres veces más testosterona que lo esperado. Las pruebas arrojaron un hecho que ocultamos: la corredora era intersexual o hermafrodita. Es decir, es portadora de una condición cromosomática que la llevó a no desarrollar útero ni ovarios, pero sí testículos internos. Al cabo de intensas negociaciones un grupo de expertos médicos de diversas partes del mundo decidió que Semenya podía seguir compitiendo como mujer.

De otra parte, Bev Francis quien se hizo famosa por protagonizar la película Pumping Iron II: The Women, se enfrentó a un serio problema: como físico – culturista había desarrollado tanta musculatura que fue descalificada de muchas competencias por no aparecer como femenina. Ella se vio empujada a someterse a operaciones de nariz, alargar sus músculos y demás procedimientos cosméticos, con el fin de ganar las competencias en las que participaba.

Tomemos nota que en las Olimpiadas los deportes más vistos son aquellos en los que las mujeres se perciben como bellas, delicadas o femeninas: nado sincronizado, gimnasia, danza rítmica, etc. Pocas mujeres pertenecen a las federaciones deportivas donde los cuerpos presentan gran musculatura.

Estos casos nos muestran que el sistema deportivo propone en sus procedimientos clasificatorios, una visión binaria y lineal –bastante conservadora- de la realidad. Y su eficacia es enorme. El sistema deportivo naturaliza las diferencias a tal punto que nos parece evidente que los hombres no compitan contra mujeres y que sólo puedan competir entre sí hombres o mujeres que responden a la norma corporal binaria. Evidentemente existe un tema biológico con el asunto de las hormonas, el porcentaje de grasa corporal y demás etcéteras que de algún modo –pero no exclusivamente- están relacionados con la performance física. Es cierto, es un argumento debatible, pero ciertamente, naturalizado. Ya lo decía Bourdieu, los genitales no brindan soporte a la clasificación binaria del mundo, sino todo lo contrario: la cultura binaria naturaliza la diferencia tomando como dato las diferencias –aparentemente binarias- de los genitales externos. Por eso, la cultura moderna se olvidó de la realidad: existen personas intersexuales, quienes hoy incluso, luchan por el derecho a portar la ambigüedad sexual con el fin de evitar un sinnúmero de operaciones quirúrgicas que terminan instalando franjas de insensibilidad corporal y problemas funcionales en los órganos urinarios.

En este contexto es interesante observar que Sudáfrica no solo luchó por mantener la presea de oro, sino que además brindó soporte y afecto público a su medallista. De algún modo -más allá del orgullo nacional que implica ganar una carrera de esa envergadura-, es de anotar que la opinión pública sudafricana no permitió que se convierta a Caster Semenya en un monstruo. Más allá de si los entrenadores o funcionarios sudafricanos sabían que la atleta tenía niveles de testosterona significativamente altos o que era intersexual, se abren preguntas medulares que tienen que ver con la privacidad de esa información y con el derecho a la diferencia, que los sistemas sociales a duras penas reconocen.

Uno de cada dos mil habitantes del mundo es intersexual. Esto es, presenta alguna combinación no usual entre su sexo genético y sus genitales internos o externos. Antes que un “error de la naturaleza” hoy muchos activistas prefieren llamarla “una forma distinta” de organización del sistema biológico. Para ellos, el sistema binario hombre- mujer, excluye y convierte en monstruosidad una condición que podríamos tildar de normal, si la miramos desde una lógica difusa (de la complejidad).

Este debate planteado por Semenya y otras atletas como Bev Francis, evidencia que el sistema deportivo representa un entramado complejo de clasificaciones que termina excluyendo la complejidad. ¿Es injusto que compita una mujer como Semenya con otras mujeres que encarnan la norma heterosexual? ¿Debe correr contra varones? ¿Se debe alentar a mujeres como Bev Francis a competir contra hombres? ¿Se deben desalentar los deportes que generan mucha musculatura en las mujeres? ¿Se le debe exigir a la deportista además de sus marcas, ser bella?  Finalmente, arrojo una pregunta como quien lanza una jabalina: ¿debe mantenerse la separación entre hombres y mujeres en el deporte y excluir a quienes no encajan en el sistema?

Hoy más que nunca la evidencia de la diversidad y la exigencia de tolerancia de las minorías, nos deberían llevar a tomar en serio dichas preguntas. A la larga, tratan sobre  todos nosotros. No deberíamos dejar que los números pequeños sigan generando odio.

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