¿Quién desincentiva la legislación chatarra?: a propósito de la propuesta impositiva sobre comida chatarra

Gustavo M. Rodríguez García. Abogado PUCP y Magíster por la Universidad Austral de Argentina. Profesor universitario de Análisis Económico del Derecho y propiedad intelectual

Algunos medios de comunicación han difundido la propuesta que una organización ha hecho con el fin de disminuir el consumo de comida chatarra (por ejemplo, ver aquí). A decir de los promotores del desincentivo mediante el empleo de impuestos, de esta forma se pretendería restringir el acceso a alimentos potencialmente perjudiciales para la salud. Lo que podría ser una propuesta meramente anecdótica, genera cierto interés porque nuestro actual Ministro de Salud ha declarado estar a favor de esta medida (ver aquí).

A nuestro juicio, la propuesta únicamente revela, nuevamente, la sencillez con la que se cae en intervenciones directas sobre la base de fundamentos ambiguos. La alimentación es una necesidad humana esencial pero, además, es un derecho. Las personas elegimos qué comer en función a una diversidad de consideraciones entras las que podemos destacar el gusto y el precio de los alimentos.

Quienes tienen pocos recursos no pueden darse el lujo de elegir comida sana o de altísima calidad. A veces deben elegir lo que se encuentra a su disposición. La regulación pretende encarecer el costo de algunos alimentos a fin de promover el consumo de alimentos sanos. En primer término, no hay razón alguna para pensar que las personas comemos alimentos sin saber lo que consumimos. El único caso que uno podría esgrimir contra esta regla es la de los menores de edad (especialmente niños pequeños). Pero en este caso, la alimentación está a cargo de los padres y no hay razón para creer que el Estado sabe más que los propios padres que es lo mejor para sus hijos.

La norma, además, es discriminatoria (efecto inherente a toda regulación, por cierto). En la medida que la regulación impone costos, perjudica a los más pobres que son los que, con menor facilidad, pueden asumir el costo de la medida regulatoria. Entonces, la norma no solamente confisca nuestra libertad de comer lo que nos plazca sino que, además, nos detrae la posibilidad de acceder a determinados elementos que, en algunos casos, pueden estar a nuestro alcance de forma más barata.

En suma, la propuesta considera que las personas compran determinada comida en presencia de dos fenómenos: (i) ignorancia sobre las consecuencias de lo que uno come; y, (ii) que las personas compran determinadas comidas sin consideración a los gustos personales o porque una determinada elección reduce otros costos considerables (como por ejemplo el costo de buscar alimentos especialmente balanceados (¿sanos?).

Los dos fenómenos son ficticios. No existe sustento para asumir tales afirmaciones como premisas. Lo que sí es claro es que la propuesta pretende generar un espacio para regular nuestros propios hábitos de consumo. Se ha señalado que los impuestos pretenderían generar un fondo para combatir determinadas enfermedades. Sin embargo, no existe fundamento para subvencionar a quienes consumen chatarra porque al Estado le parece que está mal. Si me da la gana de comer lo que quiera, ¿quién es el Estado para decirme lo contrario? En la medida que uno asuma los costos de su propia decisión, no parece existir justificación alguna para esta, a mi juicio, descabellada propuesta.

Finalmente, una palabra para quienes ven un problema de externalidades. Algunos creen que estas medidas se orientan a reducir la producción de externalidades negativas en la atención médica dado que, se sostiene, algunos pagarán para ayudar en el proceso curativo de otros (en enfermedades derivadas, en buena medida, de malos hábitos alimenticios). Eso es así porque la salud pública nos cuesta a todos (no solo a los enfermos). Pero lo cierto es que el problema allí es exactamente el inverso. La externalidad se produce porque el sistema público genera el subsidio que impide que algunos internalicen los efectos negativos de su propia opción de consumo. Si se quiere justificar esta propuesta en la existencia de estos efectos, eso no es más que sustentar la intervención del Estado para tratar de corregir un problema generado por el Estado mismo. La propuesta debería pasar al olvido como una idea anecdótica… como un enlatado cuya fecha de expiración ya transcurrió.

*Imagen tomada de la galería de Joost J. Bakker IJmuiden

7 Responses to ¿Quién desincentiva la legislación chatarra?: a propósito de la propuesta impositiva sobre comida chatarra

  1. Paola Meza dice:

    Estoy de acuerdo con tu artículo, la solución no es aplicar un impuesto a la comida chatarra, sino que se debería educar a las personas para que opten por una comida más saludable, informando cuáles son las consecuencias que estas puedan generar si es que se consumen en exceso.
    A mi parecer, la idea del gobierno argentino al modificar el menú de la Cajita Feliz de Mc Donalds, si podria ser una buena propuesta que puede implementarse, ya que mediante esta, se incentiva a los menores a consumir una fruta de la estación, enseñandoles desde niños a diferenciar entre la comida rapida y las frutas. Hay que tener en cuenta, que los niños piden a sus padres estas cajitas, más que por la comida por el juguete que viene en la promoción.
    (http://www.taringa.net/posts/noticias/11842983/McDonalds_La-Campora-modifica-la-Cajita-Feliz.html). AL respeto hable con algunos padres en Argentina y recuerdo que me decian “a mis hijos nunca les gusto las manzanas, pero ahora les gusta las manzanas del Mc DOnalds”.

  2. Estimados señores.
    Tal parece que los artículos que figuran en el “Cristal Roto” están elaborados con el fin de aparecer en una antología de la suficiencia. ¿Cómo pueden decir que la comida chatarra es barata? Si usted se acerca a comprar un menú en una tienda de comida rápida, el precio para una persona no baja de S/.20.00; mientras que un menú medianamente equilibrado en un restaurante (ensalada, plato de fondo con carne, pescado y/o pollo y menestras), postre y bebida digestiva no cuesta más de S/12.00.
    ¿Cómo pueden afirmar que “Si me da la gana de comer lo que quiera, ¿quién es el Estado para decirme lo contrario?”. Tal afirmación no parece de un profesional sino de un reverendo patán, de los que abundan cuando la suficiencia les ha llegado hasta la punta de los cabellos.
    Estimado señor, el Estado siempre ha intervenido y debe intervenir en la conducta de los ciudadanos. Específicamente el artículo 7 de la Cosntitución peruana dice “Artículo 7º. Todos tienen derecho a la protección de su salud, la del medio familiar y de la comunidad así como el deber de contribuir a su promoción y defensa.” El artículo 9º del mismo cuerpo legal dice “Artículo 9º. El Estado determina la política nacional de salud.”. Estimado señor, ni Yo ni usted podemos comer lo que nos da la gana; porque no estamos en medio de la selva ni en la época de las cavernas, sino dentro de una sociedad que TIENE EL DEBER de cuidar a sus ciudadanos y los individuos tienen la obligación de contribuir en esa tarea del Estado.
    El pobre come comida chatarra como un signo de supuesta modernidad y únicamente cuando sale de compras o de paseo. Normalmente consume menú en un restaurante o puesto. Las regulaciones en materia alimentaria no son una intromisión del Estado, sino una obligación a NIVEL MUNDIAL; por cuanto hay una PANDEMIA de obecidad, de enfermedades ocasionadas por el exceso de sodio, harinas, aceites. Hay casos muy serios de malformaciones del feto, por el consumo de alimentos para uso animal sobre los cuales se hizo alteraciones para hacerlo comestible al hombre (España – aceite de Colza). En tal sentido, puede que la forma de plantear la legislación para aplicar un impuesto a la comida, sea facilista; pero es peor alardear de autosuficiencia, sin aportar nada constructivo.

  3. Gustavo Rodríguez García dice:

    Muchas gracias por tu comentario Paola. Sigo siendo escéptico, incluso, de las propuestas de reforma de los menús pero aprecio tus ideas.

    En lo que respecta al comentario de Alonso Sarmiento. Lo positivo de estos espacios es que uno puede debatir e intercambiar ideas. Pero no encuentro argumento atendible alguno. Sostener que el Estado debe intervenir porque siempre ha intervenido no es aceptable. No sé si soy autosuficiente o no pero ciertamente no he alardeado sobre nada en este post. No me molesta el insulto. Sí me molesta, y bastante, que se pretenda argumentar seriamente atacando al contrario. No todos pensamos igual y ciertamente Alonso tienes todo el derecho de pensar como quieras. Pero yo no califico tus ideas ni tu pensamiento ni a tu persona por el hecho de que no comparta lo que señalas… y esa actitud es la que, creo humildemente, revela mejor cómo somos las personas más allá de las palabras. Lamento tus expresiones hacia mí pero sigo respetando tu opinión.

  4. Alonso Sarmiento dice:

    Estimado señor.
    Mil disculpas por mis expresiones. Sin embargo NO ME REFERÍA A SU PERSONA EN PARTICULAR; sino a la actitud algo displicente frente al drama de la mala alimentación en general.
    Repito, ruego a usted dar por retiradas mi palabras; por cuanto en NINGUNA FORMA pretendieron molestarlo personalmente.
    Hay a nivel mundial mucha preocupación por la desnutrición y afirmar que la madre sabe mejor que tipo alimento debe comer su bebé es arriesgado; por cuanto casi todos los países saben luego de innumerables mediciones, que un enorme número de madres NO sabe alimentar a sus hijos o no tiene cómo darle un alimento adecuado. Luego de años de investigaciones se llegó a la verdad más evidente: que la leche materna es lo mejor; sin embargo durante muchos años las fórmulas fueron administradas casi desde los primeros días del niño. En la mayoría de barrios de Lima y del Perú, los niños y los adultos comen únicamente arroz y harinas en todas sus formas. El Estado NO PUEDE ESTAR INDIFERENTE. En las escuelas hubo hace años, no se si ahora, una política de desayunos escolares debidamente balanceados (ojo no es el vaso de leche de ahora). Lo que me pareció mal y hasta ahora lo sostengo es que un académico de calidad diga que el estado no es nadie para impedir que coma lo que me da la gana; primero por cuanto dichas expresiones transmiten una forma de ser (NO DIGO QUE USTED LO SEA, pero podría entenderse así) indiferente hacia la comunidad. Bajo dicha premisa, podríamos decir, el estado no tiene que regular las emisiones de mi vehículo porque a mi me da la gana aspirar el humo y no es así; o también la municipalidad no tiene porqué verificar la limpieza de los tanques de agua potable, porque a mi me da la gana tomar agua contaminada. La comida denominada “chatarra” no es exclusiva de las tiendas de servicio rápido, sino también de muchos puestos de comidas al paso, carretillas, vendedores en cajas temperadas, etc. Como usted sostiene bien, la propuesta de ley es facilista en cierto modo; pero tiene la virtud de despertar el interés público sobre esta CALAMIDAD, que es la mala alimentación. No es serio desde el punto de vista de una economía sana, permitir que la conducta de algunos afecte a todos los demás; por cuanto si bien una persona puede encerrarse en su casa y comer basura porque le da la gana (tal como ocurre con los que consumen drogas o alcohol); DESPUÉS NO PUEDEN PRETENDER que todos los demás contribuyentes aporten para que se pueda sostener un centro de salud donde dicha persona necesariamente va a acudir a que lo atiendan en una emergencia. Se dirá que entonces es cuestión de quién puede pagar sus gastos de salud; sin embargo NINGÚN SEGURO (privado o público) es autosuficiente; por cuanto siempre depende de medicinas subsidiadas, exoneradas, con preferencias, aplica deducciones, castiga pérdidas, etc; que son “socializadas” entre todos los contribuyentes y en general entre todos los ciudadanos, incluso los recién nacidos cuyos padres reciben sueldos sujetos a retención de impuestos.
    Por último, sugiero al blog invitar a otro académico de igual calidad y preparación a fin de que exprese el punto de vista contrario. Considero que el tema amerita una amplia mirada, más allá de los sentimientos personales.
    Gracias nuevamente por permitirme opinar sin reparos.

  5. José Carlos Aguirre Carrascal dice:

    Si de salud se trata, es imposible imaginar que con solo dejar de consumir comida “chatarra” sea suficiente para que una persona mejore o recupere una vida saludable; si una persona decidiera dejar de consumir comida “chatarra” (independientemente de esta sea costosa o barata) y persiste en llevar una vida sedentaria (apoltronado por 6 horas diarias); pues no está mejorando en nada su salud, es más, incrementa la posibilidad de sufrir un infarto, ya que la falta de actividad física propicia la formación de coágulos. Así que la ecuación: comer menos “chatarra” es igual a tener buena salud es engañosa; por otro lado, un tributo está diseñado para recaudar fondos para el Estado (es el sueldo del Estado para este pueda cumplir sus fines) Si se piensa que, por el hecho de gravar el consumo de comida “chatarra” incentiva a consumir productos saludables, pues también están equivocados; el impuesto incrementará, en determinados casos, a que sea costoso consumir dichos alimentos, pero las personas que por decisión (léase porque quieren) les gusta consumir “chatarra” (por más que exista información a bajo costo que ilustra sus efectos nocivos ) buscará la manera de abastecerse de “chatarra” en lugares informales, donde las condiciones de preparación de esos alimentos son más que simultáneamente precarias e insalubres. En resumen, este impuesto va a generar que: i) Persistan en consumirla a pesar del costo que representa,o ii) Que busquen “chatarra” menos costosa (elaborada en condiciones precarias) lo que aumentaría sus efectos perniciosos. El impuesto no es la forma ni el medio para mejorar la salud de nadie.

  6. Joshua Barten dice:

    Si bien estoy de acuerdo con el artículo (me parece ridícula la medida), me queda una duda que no he podido responder en discusiones relacionadas.
    El Estado tiene un rol paternalista, y por lo tanto si considera a la comida chatarra como dañina para la salud, tiene el deber de restringir su consumo. Y debido a que no puede prohibir su venta, una forma de desincentivar el consumo es imponiendo un impuesto selectivo, tal como el de los cigarros o el alcohol, cierto? Cuál sería la respuesta en este caso?

  7. Julio Rimac dice:

    Estaría de acuerdo al impuesto a la comida chatarra, si y solo si, el monto recaudado vaya a los hospitales nacionales donde traten enfermedades relacionadas con las enfermedades que traen las grasas de la comida chatarra (diabetes, males cardiacos, colesterol, obesidad en niños y adolescentes, etc).

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