Indigesta “informativa” y el apetito por la regulación

Por: Óscar Súmar. Profesor e investigador a tiempo completo en la Facultad de Derecho de la UP. Co-autor del libro “Paradojas de la regulación de la publicidad en el Perú” (Lima: Fondo Editorial de la UP. 2010)

Nuevamente la comida chatarra sobre el tapete (para anteriores versiones de la discusión, ver: aquí y aquí). Esta vez un artículo publicado en El Comercio (en la sección Tú Dinero, página B10, 17 de marzo de 2012) hace referencia a algunos datos sobre el gasto publicitario en comida chatarra, luego lo asocia a los supuestos males causados por la publicidad, para finalmente referirse a un proyecto de ley que intentaría limitar la cantidad de publicidad en este ámbito.

Encuentro la noticia estrafalaria. “La televisión nos hace engordar” señalan en un subtítulo. ¿Tanto así? Decir que la televisión nos hace engordar es tanto como decir que nos hace flojos, consumistas, glotones y un largo etcétera que se necesita para llegar a la situación en la que una persona engorde por exceso de comida chatarra. ¿Realmente la publicidad puede lograr tanto? Es verdad que la publicidad tiene un efecto persuasivo que influye en las decisiones de consumo, pero la publicidad no decide por nosotros. Ciertamente, tampoco decide por los niños, los que muchas veces –además- deben convencer a sus padres previamente a la compra.

Lamentablemente, la publicidad no solo persuade, sino que también informa y genera competencia, afectando la calidad y el precio de los productos. Así, un mercado sin publicidad, será un mercado donde los vendedores ya establecidos se beneficien, perjudicando a los consumidores al cobrar mayores precios por sus productos. En un mercado con publicidad, las empresas no solo competirían por medio de precios, sino por calidad. La calidad, en un mercado como el de comida chatarra, se podría traducir en –precisamente- comida más sana, si es que esto es lo que el mercado demanda.

¿Problema público?

¿Por qué regular este tema? El diario y los políticos nos sueltan unas cifras “calatas” para justificar la necesidad de regular: se han gastado varios millones en publicidad de comida chatarra y –no lo dicen, pero supongo es la segunda parte del argumento- hay varios niños obesos en Perú. Ninguna de éstas es –por sí misma- una razón para regular, salvo en la cabeza de “iluminados” como Jaime Delgado. El que haya personas gordas no es un problema público. A la sociedad no le importa si esas personas tienen que ir al médico varias veces al año y menos aún si pierden horas de trabajo. Esos no son problemas públicos, sino privados, porque no generan externalidades. La regulación del tabaco, con todos los problemas que tiene, por lo menos hace bien en enfocarse en la idea de externalidad. Personas haciéndose daño a ellas mismas pero pagando por las consecuencias de dichos daños, no son un problema social.

En relación a los niños, se podría decir que hay una justificación para el paternalismo, basada en la carencia de racionalidad de los niños. Si bien esto puede ser cierto, habría que definir qué es “niño” para esta norma, ya que no podemos tratar igual a un niño de 4 que a uno de 12. Ocho años es bastante y más aún a esas edades. Una vez especificado esto, se podría encontrar alguna norma que se enfoque más en el “público objetivo” de una política pública como esa, sin afectar de manera tan generalizada el mercado de la comida.

6 Responses to Indigesta “informativa” y el apetito por la regulación

  1. Luis Marino dice:

    “La obesidad no es un problema público”, Si esto es un potencial generador de enfermedades, que deben ser tratadas en el sistema de salud público, ¿no es un problema público?.

    “A la sociedad no le importa si esas personas tienen que ir al médico varias veces al año y menos aún si pierden horas de trabajo.”. No importa acaso mejorar la productividad del trabajador?, un trabajador sano, no es un trabajador productivo?, y esto a la sociedad no le importa?.

    Si finalmente la publicidad no incide en el consumo, entonces porque existen presupuestos tan importantes destinados justamente a esto?.

    Si regular el gasto publicitario asociado al consumo de comida chatarra es ciertamente descabellado, también lo es pretender creer que la publicidad no influye en el consumo. Y más descabellado todavía pensar que la obesidad, tanto adulta como infantil, no es un problema que deba ser tratado desde el ámbito público.

  2. Sí pensé lo que menciona en su comentario, pero lo encuentro tautológico. Refraseando de manera general, sería como decir “es un problema público porque el Estado interviene”. Claramente, la justificación de la intervención no puede ser que el Estado ha intervenido en anteriores, similares o concurrentes situaciones. Ambas tendrían que tener una justificación que sea separable de sus propias razones. “Externalidad” sería un candidato perfecto de justicación, por eso lo mencioné.
    No he mencionado en ninguna parte del texto que la publicidad no infuya en el consumo. De hecho dije literalmente que la publicidad tiene un efecto persuasivo. Pero de ahí a echarle la culpa a la publicidad por nuestras propias carencias, es exagerado.
    Gracias por su comentario. Saludos,
    Oscar

  3. Ah y lo que dice acerca los trabajadores sanos: “No importa acaso mejorar la productividad del trabajador?, un trabajador sano, no es un trabajador productivo?, y esto a la sociedad no le importa?”…

    Interesante idea. Asumiría que tenemos un ideal de sociedad donde las personas trabajen más y coman menos y que ese ideal sea alentado o perseguido por una autoridad centralizada. Suena bastante a “1984”, donde la Telepantalla hacía ejercitar a las personas obligatoriamente. En un modelo de sociedad así, se entiende perfectamente su idea. En un modelo de sociedad liberal, donde las personas son entendidas como capaces de decidir la proporción de trabajo/comida/ejercicio que es mejor para ellas (salvo que tengan alguna discapacidad mental comprobada), estaría descartado lo que menciona como una justificación para la intervención del Estado.

    Justo la idea de externalidad se refiere a que las personas pueden decidir si trabajan o no sin afectar a otros porque si trabajan menos, ganan menos dinero. Entonces, se entiende que tienen incentivos suficientes para comportarse “realmente” de acuerdo a sus preferencias y partimos de la premisa de que ellas son las que están en mejor posición para decidir sobre sus propios intereses, aun cuando exista alguna evidencia de que no en todos los casos ocurre esto.

    Por el contrario, si existieran externalidades, nosotros podríamos asumir que su “decisión” de realizar una actividad X en verdad está distorcionada y no representa sus verdaderas preferencias. Un ejemplo: un chofer de combi mete el carro, toca el claxon, etc. Todo esto causa costos, pero él no paga (externalidades). Entonces, el chofer de combi mete el carro, etc. en una proporción mayor a su verdadera preferencia por la realización de dichas actividades. El chofer de combi no es libre, porque no está asumiendo las consecuencias de lo que hace.

    El gordo sí es libre, por el contrario. Por lo tanto, por lo menos asumiendo que vivimos en una sociedad relativamente individualista y libertaria, deberíamos respetar la preferencia de dicha persona por la comida chatarra/menos horas de trabajo.

  4. Yamil Abugattas dice:

    Lo que presenta la mayor parte del artículo es un tema interesante pero ya tratado múltiples veces para el caso de la comida (aparentemente nuestros funcionarios públicos no entienden). Lo que sí me llamó la atención, y creo que es un interesante tema de conversacion, es el tema de los niños. Comprendemos que el niño promedio no está en capacidad de tomar determinadas decisiones pues aún está en desarrollo, y hasta cierto punto carece de la racionalidad exigida a aquellos a quienes se otorga derechos.

    El tema está en qué trato le damos al niño. Podemos pensar en los niños como una suerte de “propiedad” de sus padres, en el sentido en que asumimos que son ellos quienes tienen derecho a decidir sobre ellos y que “saben” lo que es mejor para sus hijos. En este caso, no hay nada que hacer con la publicidad, pues la decisión necesariamente pasa por los padres, que a ojos de la sociedad son considerados individuos racionales responsables de sus actos. Así, serán los padres quienes decidan qué y cuánto podrán comer sus hijos.

    Otra opción es dar un trato “especial” a los niños, reconociéndoles “derechos” (lo cuál es en realidad un problema si asumimos que no pueden tomar responsabilidades) por encima de lo que sus padres decidan. Este es un tema muy delicado e interesante de discutir, porque implica que en el fondo el estado expropia parte del rol de los padres. Si se toma esta vía (que es lo que ocurre en cierta medida en todo país) se vuelve asunto público todo aquello que esté dirigido a niños o los implique de alguna manera.

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