¿La vida tiene precio? El caso de la ley alemana sobre seguridad aérea

Por: Óscar Súmar A.

Un cuestionamiento tradicional al ACB de normas es que hay algunos bienes que son inconmensurables, sobre los cuales no se puede predicar un valor dado, lo que convierte al ACB en impracticable. Un típico ejemplo, además, es el de la vida. Para ilustrar un punto en relación a esto, me referiré justamente a un caso decidido sobre esta premisa: la vida no tiene un valor determinado.

En enero de 2005, entró en vigencia una norma (Luftsicherheitsgesetz) en Alemania, dictada como respuesta a los atentados del 9/11, que establecía que cualquier avión comercial aparentemente secuestrado por terroristas que pudiera ser utilizado como arma por estos, podía ser derribado por el ejército alemán.

Nosotros consideramos que, como sustento de esta norma se encuentra una simple ecuación según la cual: si el valor de las vidas dentro del avión multiplicado por la probabilidad de que ocurra el ataque es mayor que el valor de las vidas que serían perdidas como consecuencia de éste; entonces el avión debe ser derribado. Como se ve, esta simple ecuación implica realizar un acto controvertido: asignarle un valor a la vida. Precisamente ese punto fue utilizado como sustento por el Tribunal Constitucional alemán, el cual declaró inconstitucional la ley basado en que se utilizaba la vida de las personas en el avión como instrumento para salvar la vida de las personas en tierra, asignándoles así un valor determinado. Esto contradice el principio del derecho constitucional según el cual la vida no tiene un valor determinado, ni puede ser utilizada como instrumento: la dignidad.

Esta decisión implicaría, en términos estrictamente lógicos, que si hay una persona amarrada a un meteorito que va a destruir la tierra por completo y a todos sus habitantes, ningún ejército podría sacrificar la vida de la persona amarrada a él, para salvar la vida de los millones de personas que habitamos la tierra. Y no podría hacerse porque la vida de esa persona, de acuerdo al razonamiento de la Corte alemana, vale lo mismo que la del resto de habitantes en conjunto. Más exactamente, en realidad, la vida de esa persona no puede ser comparada ni medida, por lo que tomar la decisión de salvar al resto del mundo es impracticable, ya que no existe un parámetro de decisión. En nuestra ecuación original, uno de los valores (vida) sería igual a cero, por lo que todos los resultados serían iguales: 0=0.

En la actividad diaria tenemos muchos ejemplos en los cuales, sea implícita o explícitamente, le otorgamos un valor a la vida. Cada vez que salimos de nuestras casas y nos sumergimos en el tráfico de Lima (o, lo que es lo mismo, cada vez que practicamos deportes de aventura), le asignamos un valor a nuestra vida. Cada vez que el Estado decide gastar más en puentes y menos en nutrición infantil, le asigna un valor a la vida, y así.

Otras preguntas, radicalmente distintas y más difíciles de responder son: ¿cuánto debería valer la vida?; ¿todas las vidas deberían valer igual?; y, ¿podemos asignarle un valor monetario a la vida?

En el caso particular, probablemente jugó un rol el hecho de que en Alemania existe una hipersensibilidad respecto a que el Estado ordene muertes de individuos de manera fría y calculadora, dada su historia reciente. Sin embargo, fuera de las dificultades anotadas, la vida no solo puede jugar un rol en el ACB de normas, sino que debería ser uno de los principales parámetros para evaluar la conveniencia de una política.

Por amor, usa cinturón (¿?)

En el 2006 se dictó una norma que obligaba a los conductores a usar cinturón de seguridad. La norma recibió algunas críticas (en el sentido en que es paternalista) pero en general tiene un gran apoyo de la población, al considerarse que es una norma loable que, con poco esfuerzo, puede reducir considerablemente los accidentes y -sobre todo- las muertes como consecuencia de estos. La norma, así, fue acatada espontáneamente por la mayoría de la población, salvo honrosas (¿?) y chistosas excepciones, como el polo simulando un cinturón de seguridad (ver comentario de Panina).

Lo cierto es que los cinturones de seguridad sí entrañan costos para la sociedad: para comenzar, hay que instalar los cinturones; segundo hay que hacer campañas para dar a conocer la norma; tercero hay que nombrar policías y poner multas para hacer cumplir el mandato; y, por último, aunque a muchos no los convenza este argumento, hay un costo asociado a privar a las personas de la libertad de hacer lo que quieran. Aun así, la mayoría de nosotros estaría dispuesta a admitir esta norma, si efectivamente tuviera los beneficios prometidos. Veamos si esto es así.

En 1975, Sam Peltzman escribió un artículo con un gran impacto: The Effects of Automobile Safety Regulation. En éste, el profesor de la Universidad de Chicago intentó probar que, aunque el uso de cinturón de seguridad podría reducir las muertes entre los conductores, no reducían la cantidad de accidentes en general, ni la cantidad total de muertes; sino que más bien podía tener el efecto exactamente contrario. Esto es así porque, si bien los conductores se encuentran más “seguros” esta seguridad se traduce en riesgo moral, lo que puede llevar a un manejo menos responsable, causando más accidentes en general  y muertes entre transeúntes y pasajeros sin cinturón de seguridad. La fría, pero ingeniosa conclusión de Peltzman fue: incentivar el  uso de cinturón entre los pasajeros, pero no entre los conductores…

En el caso peruano, si se toma en cuenta la estadística publicada por el MTC, la cantidad global de accidentes y muertes no se ha reducido desde que se implementó la norma; pero tampoco ha aumentado el porcentaje de accidentes debido a la imprudencia del conductor. La cantidad de atropellos sí ha subido, frente a choques u otro tipo de accidentes, pero no de manera significativa.

Claramente, no es nuestra intención decir que esta norma causa más muertes en el Perú, pero igual nos parece importante mencionar que sugerir eso no es para nada descabellado, aunque sí sea insólito y contra-intuitivo. Esto nos lleva nuevamente a la necesidad de analizar el impacto de las normas antes de dictarlas; por más alineadas con el bien público que parezcan.

¿Por qué “El Cristal Roto”?

Un niño va corriendo por la calle, entre los puestos de un mercado, y tropieza casualmente con un cristal. El dueño de la cristalería se lamenta y tiene que reemplazar dicho cristal, comprando otro. Dicho caso era visto como un ejemplo sobre como un hecho aparentemente malo podía resultar siendo bueno para la sociedad. Se decía que el cristalero tendría que comprar un nuevo cristal, así el productor de cristales tendría más actividad e ingresos y podría contratar nuevo personal. El nuevo trabajador de la cristalería podría comprar cosas a su vez y mantener a su familia[1].

Hace más o menos 150 años, el filósofo y economista francés Frédéric Bastiat se dio cuenta que esta conclusión era errónea, pues no tomaba en cuenta el escenario completo, sino solo algunas de sus consecuencias de manera aislada. Bastiat anotó que el dueño del puesto del mercado, donde se vendía el cristal, tendría que dejar de comprar otras cosas para poder reemplazar el cristal roto. Al hacer esto, dejaría de comprar, digamos, pan; esto traería como consecuencia que el panadero tenga menos trabajo, contrate menos personal, una persona no pueda acceder a un puesto de trabajo y así sucesivamente. Bastiat concluye que, visto como un todo, la ruptura del cristal es perjudicial para la sociedad.

Así, a través de la que luego se conoció como La Parábola del Cristal Roto, Bastiat introdujo un concepto como costos de oportunidad o costos ocultos a la teoría económica que son, finalmente, la base del análisis costo-beneficio moderno.

De esta manera, con la elección del nombre queremos representar que trataremos de descubrir cómo políticas normativas aparentemente beneficiosas pueden traer también costos y ser, en definitiva, perjudiciales para la sociedad; si son analizadas de una manera más detallada y “técnica”, tomando en cuenta herramientas del Derecho y la Economía.


[1] La anécdota ha sido tomada de: http://es.wikipedia.org/wiki/Parábola_del_cristal_roto